La gestión de los perfiles personales de los políticos
12:43 PM
Se puede entender que, cuando una persona tiene una cierta relevancia pública y poca disponibilidad de tiempo, delegue la gestión de su presencia en las redes sociales en manos de profesionales del sector.
Esto es incluso aconsejable en muchos casos porque que alguien sea famoso no significa que sepa escribir correctamente y mucho menos que esté entrenado para responder de forma airosa a las críticas negativas que de forma directa pueden hacerle los usuarios en este escenario 2.0. La mayoría de personas famosas no saben actuar ante una crisis en Internet y cuando se enfrentan a la misma ésta suele deteriorar considerablemente su reputación digital.
Ahora bien, lo correcto es que, cuando no se encarga uno mismo de la gestión de su perfil persona en las redes sociales lo haga constar y explique que se la llevan personas de su equipo. Se puede hacer de modo abierto, como es muy habitual en el mundo anglosajón, o bien ir diciéndolo nada más alguien entre en contacto de forma personal con el titular de un perfil o cuenta en una red social. De esta forma se trabaja con honestidad y se evitan frustraciones y equívocos innecesarios.
Los párrafos anteriores me los ha inspirado la historia que me contó hace poco un amigo. Se trata de un colega con una amplia experiencia y currículum en el sector TIC. Él tenía de contacto en Facebook a otro usuario que es un alto cargo público en una comunidad autónoma. Aunque nunca compartieron ideología política eran amigos desde hace muchos años. Su amistad comenzó antes de que el político decidiera comenzar a hacer carrera en ese terreno.
Hace unos meses, coincidiendo con la crisis imagen que está viviendo el Partido Político en cuestión como consecuencia de los numerosos escándalos de corrupción y vicios que asolan el panorama político actual, el político amigo de mi amigo empezó a subir fotos a su muro de Facebook. Sólo fotos tendenciosas sin ningún texto ni comentario alguno que aportaran valor a los que pudieran verlas. Es decir, propaganda visual pura y dura que no obstante e inmediatamente se llenaba de sospechosos “Me gusta” y comentarios halagadores. En un intento de ser constructivo y ofrecer su colaboración desinteresada mi amigo se molestó en ponerse en contacto con el político para decirle que esa postura le restaba credibilidad, que era una estrategia equivocada y que no estaba sacando partido a las redes sociales cuando de allí podría obtener muchas ideas para la mejora de su gestión. El político se limitó a darle las gracias, hablaron de otras cosas y ahí quedó la cosa.
Sin embargo, unos días atrás mi amigo hizo algunos comentarios en donde aportaba un punto de vista diferente al que se exponía en la publicación del político y, al ir a comprobar días después el estado de la discusión que él pensaba que se había abierto, se dio cuenta de que los habían borrado. Al afectado (mi amigo) le sentó bastante mal porque en ningún momento había sido incorrecto u ofensivo, sencillamente había discrepado educadamente y había argumentado su punto de vista. Le envió un mensaje al político pidiéndole una explicación. Como toda respuesta le dijeron que le estaban ayudando a llevar el tema de las redes sociales y le pedían disculpas. Algo que le dio a entender a mi amigo dos cosas: por una parte que no le había respondido el político personalmente porque sabe que no es esa su forma de expresarse y, por otra parte, quien fuera que respondió no le desmentía que borrarán comentarios incómodos.
Ante lo cual, mi amigo ha decidido volver a poner el mismo comentario y hacer un seguimiento de cerca del mismo, además de cancelar la suscripción al Facebook del político en cuestión. En este caso que nos ocupa se han cometido los siguientes errores:
1.-Borrar comentarios incómodos. Jamás hay que borrar comentarios educados aunque nos molesten. Esos comentarios dan credibilidad a los positivos. Además, cada crítica es una oportunidad de mejorar.
2.-Dejar creer a un amigo que el perfil lo llevas tu cuando te lo gestionan otros con el riesgo de que ese amigo te pueda enviar un mensaje interno contándote cualquier intimidad que pasaría a ser del conocimiento de alguien a quien no conoce de nada.
3.-Continuar traicionando la confianza del amigo no dejando claro quién es exactamente quien responde los mensajes privados de Facebook.
4.-No admitir el error y restaurar los comentarios borrados.
A modo de conclusión me gustaría comentar que si de tan mala manera le gestionan la presencia en las redes sociales al político amigo de mi amigo, que se vaya preparando cuando tenga una crisis de verdad. Estoy segura que no sólo no sabrá salir de la misma, sino que acabará cargándose la reputación digital que a todas luces no se está sabiendo construir.
La gestión de los perfiles personales de los políticos
Se puede entender que, cuando una persona tiene una cierta relevancia pública y poca disponibilidad de tiempo, delegue la gestión de su presencia en las redes sociales en manos de profesionales del sector.
Esto es incluso aconsejable en muchos casos porque que alguien sea famoso no significa que sepa escribir correctamente y mucho menos que esté entrenado para responder de forma airosa a las críticas negativas que de forma directa pueden hacerle los usuarios en este escenario 2.0. La mayoría de personas famosas no saben actuar ante una crisis en Internet y cuando se enfrentan a la misma ésta suele deteriorar considerablemente su reputación digital.
Ahora bien, lo correcto es que, cuando no se encarga uno mismo de la gestión de su perfil persona en las redes sociales lo haga constar y explique que se la llevan personas de su equipo. Se puede hacer de modo abierto, como es muy habitual en el mundo anglosajón, o bien ir diciéndolo nada más alguien entre en contacto de forma personal con el titular de un perfil o cuenta en una red social. De esta forma se trabaja con honestidad y se evitan frustraciones y equívocos innecesarios.
Los párrafos anteriores me los ha inspirado la historia que me contó hace poco un amigo. Se trata de un colega con una amplia experiencia y currículum en el sector TIC. Él tenía de contacto en Facebook a otro usuario que es un alto cargo público en una comunidad autónoma. Aunque nunca compartieron ideología política eran amigos desde hace muchos años. Su amistad comenzó antes de que el político decidiera comenzar a hacer carrera en ese terreno.
Hace unos meses, coincidiendo con la crisis imagen que está viviendo el Partido Político en cuestión como consecuencia de los numerosos escándalos de corrupción y vicios que asolan el panorama político actual, el político amigo de mi amigo empezó a subir fotos a su muro de Facebook. Sólo fotos tendenciosas sin ningún texto ni comentario alguno que aportaran valor a los que pudieran verlas. Es decir, propaganda visual pura y dura que no obstante e inmediatamente se llenaba de sospechosos “Me gusta” y comentarios halagadores. En un intento de ser constructivo y ofrecer su colaboración desinteresada mi amigo se molestó en ponerse en contacto con el político para decirle que esa postura le restaba credibilidad, que era una estrategia equivocada y que no estaba sacando partido a las redes sociales cuando de allí podría obtener muchas ideas para la mejora de su gestión. El político se limitó a darle las gracias, hablaron de otras cosas y ahí quedó la cosa.
Sin embargo, unos días atrás mi amigo hizo algunos comentarios en donde aportaba un punto de vista diferente al que se exponía en la publicación del político y, al ir a comprobar días después el estado de la discusión que él pensaba que se había abierto, se dio cuenta de que los habían borrado. Al afectado (mi amigo) le sentó bastante mal porque en ningún momento había sido incorrecto u ofensivo, sencillamente había discrepado educadamente y había argumentado su punto de vista. Le envió un mensaje al político pidiéndole una explicación. Como toda respuesta le dijeron que le estaban ayudando a llevar el tema de las redes sociales y le pedían disculpas. Algo que le dio a entender a mi amigo dos cosas: por una parte que no le había respondido el político personalmente porque sabe que no es esa su forma de expresarse y, por otra parte, quien fuera que respondió no le desmentía que borrarán comentarios incómodos.
Ante lo cual, mi amigo ha decidido volver a poner el mismo comentario y hacer un seguimiento de cerca del mismo, además de cancelar la suscripción al Facebook del político en cuestión. En este caso que nos ocupa se han cometido los siguientes errores:
1.-Borrar comentarios incómodos. Jamás hay que borrar comentarios educados aunque nos molesten. Esos comentarios dan credibilidad a los positivos. Además, cada crítica es una oportunidad de mejorar.
2.-Dejar creer a un amigo que el perfil lo llevas tu cuando te lo gestionan otros con el riesgo de que ese amigo te pueda enviar un mensaje interno contándote cualquier intimidad que pasaría a ser del conocimiento de alguien a quien no conoce de nada.
3.-Continuar traicionando la confianza del amigo no dejando claro quién es exactamente quien responde los mensajes privados de Facebook.
4.-No admitir el error y restaurar los comentarios borrados.
A modo de conclusión me gustaría comentar que si de tan mala manera le gestionan la presencia en las redes sociales al político amigo de mi amigo, que se vaya preparando cuando tenga una crisis de verdad. Estoy segura que no sólo no sabrá salir de la misma, sino que acabará cargándose la reputación digital que a todas luces no se está sabiendo construir.